miércoles, 26 de agosto de 2009

viernes, 14 de agosto de 2009

dedos desentrenados

Aquel verano hacía un calor insoportable. Uno de esos bochornos que me suelen dar dolor de cabeza y mala hostia a partes iguales. Desde por la mañana olía a sudor y necesitaba tres duchas diarias para poder respirar algo de ese aire masticable y caliente. Mi pelo chorreaba y dejaba un rastro sobre la almohada o el sofá. Decidí raparme y pasar los días en casa, desnuda, con las persianas bajadas. Entre sombras, el (demasiado viejo) ventilador giraba mirándome con las aspas muy abiertas. Dejé de fumar. Y me alimenté de cerveza fría y fruta. Me enganché a series que nunca pensé que vería y las siestas se convirtieron en mi ángelus sagrado. Tenía varios encargos pero el calor me pesaba en la yema de los dedos y no me dejaba escribir. Tardé el doble de tiempo, pero aprendí que se podía dormir más horas de las que se están despierta.

Él volvió de unos días en la playa con un tono dorado y los ojos más claros. Vino a verme y por no atravesar las calles ardientes decidió quedarse en casa. No necesitaba nada porque también decidió combatir el calor caminando desnudo por la casa. Mientras se duchaba ponía hielo en la bañera para tener los pies fríos. Comía albaricoques congelados.

Cuando follábamos el sudor nos resbalaba. Dejábamos charcos en las sábanas. Después yo bebía agua fría y él fumaba hierba. Nos duchábamos durante 17 minutos y después volvíamos a jugar en las sábanas. Nos acostumbramos a dormir con el ruido del ventilador sonando a nuestros pies. Y a contar historias mirando al techo cada vez que despertábamos.

Sólo quedaban dos días para que terminasen sus vacaciones, se vistiese de nuevo y se marchase de nuestro aislamiento voluntario. Acabábamos de ver Vacaciones en Roma bebiendo limonada y horchata cuando empecé a oler algo extraño. “Rápido, abre todas las ventanas”, le dije. Sin preguntar nada se levantó y nos abrimos de nuevo al mundo. Un estruendo retumbó en las paredes. La tormenta duró horas y el granizo repicaba al caer en las tejas. La casa se ventiló con la lluvia que limpió todo el aire viciado, todo el calor acumulado en las esquinas. Los dos vimos llover sin decir nada. Me cogió de la mano y yo me eché a llorar. Nos tumbamos en el sofá a oler a lluvia. Me bajó la regla y él me preparó una infusión con hielos. Me estaba dando el vaso cuando escupió dos palabras, tres sílabas mojadas en limonada…