viernes, 14 de agosto de 2009

dedos desentrenados

Aquel verano hacía un calor insoportable. Uno de esos bochornos que me suelen dar dolor de cabeza y mala hostia a partes iguales. Desde por la mañana olía a sudor y necesitaba tres duchas diarias para poder respirar algo de ese aire masticable y caliente. Mi pelo chorreaba y dejaba un rastro sobre la almohada o el sofá. Decidí raparme y pasar los días en casa, desnuda, con las persianas bajadas. Entre sombras, el (demasiado viejo) ventilador giraba mirándome con las aspas muy abiertas. Dejé de fumar. Y me alimenté de cerveza fría y fruta. Me enganché a series que nunca pensé que vería y las siestas se convirtieron en mi ángelus sagrado. Tenía varios encargos pero el calor me pesaba en la yema de los dedos y no me dejaba escribir. Tardé el doble de tiempo, pero aprendí que se podía dormir más horas de las que se están despierta.

Él volvió de unos días en la playa con un tono dorado y los ojos más claros. Vino a verme y por no atravesar las calles ardientes decidió quedarse en casa. No necesitaba nada porque también decidió combatir el calor caminando desnudo por la casa. Mientras se duchaba ponía hielo en la bañera para tener los pies fríos. Comía albaricoques congelados.

Cuando follábamos el sudor nos resbalaba. Dejábamos charcos en las sábanas. Después yo bebía agua fría y él fumaba hierba. Nos duchábamos durante 17 minutos y después volvíamos a jugar en las sábanas. Nos acostumbramos a dormir con el ruido del ventilador sonando a nuestros pies. Y a contar historias mirando al techo cada vez que despertábamos.

Sólo quedaban dos días para que terminasen sus vacaciones, se vistiese de nuevo y se marchase de nuestro aislamiento voluntario. Acabábamos de ver Vacaciones en Roma bebiendo limonada y horchata cuando empecé a oler algo extraño. “Rápido, abre todas las ventanas”, le dije. Sin preguntar nada se levantó y nos abrimos de nuevo al mundo. Un estruendo retumbó en las paredes. La tormenta duró horas y el granizo repicaba al caer en las tejas. La casa se ventiló con la lluvia que limpió todo el aire viciado, todo el calor acumulado en las esquinas. Los dos vimos llover sin decir nada. Me cogió de la mano y yo me eché a llorar. Nos tumbamos en el sofá a oler a lluvia. Me bajó la regla y él me preparó una infusión con hielos. Me estaba dando el vaso cuando escupió dos palabras, tres sílabas mojadas en limonada…

lunes, 27 de julio de 2009

la habitación de Gabriel (I)

Una y otra vez las alas se batían contra las paredes de la jaula. Y una y otra vez, casi se oían las plumas caer contra el suelo. Yo lo escuchaba al final del pasillo y sé que ella, que sólo le separaba de aquella cárcel una pared fina (y empapelada con flores), contaba cada golpe contra los barrotes. Pepa, la codorniz, no dormía desde que él murió. Igual que ella. Pepa estaba atrapada en su jaula pintada en plata y ya no tenía la excusa de su encierro por él. Igual que ella.
Habían pasado dos semanas desde el funeral, donde ella no lloró ni dijo nada. Sólo se dio cuenta de que sus manos tenía un horrible olor a lejía y que cuando le daban el pésame las notaba más ásperas que las del resto. Durante catorces días ha intentado quitarse ese perfume, pero nada. Se le ha calado para siempre.

Murió durante los diecisiete minutos en que ella bajó a comprar el pan y los tomates que se había olvidado. Cuando entró en casa la jaula estaba volcada en el suelo y Pepa agitaba las alas como una loca. Mi abuelo estaba tumbado a los pies de la cama y ya no respiraba. Los médicos nos han dicho que no se enteró. No es ninguna sorpresa, no recordaba absolutamente nada de sus días. Yo creo que tampoco recordaba que un día había nacido, ni sabía lo que significa morir.

Ella no lloró ese día, ni en el velatorio, ni en el funeral, ni en el entierro. Se quedó callada. Quieta. Seca. Pasaron dos noches hasta que por fin se levantó y, sin apenas hacer ruido, se sentó en la cama de mi abuelo Gabriel. Tan vacía que daba miedo. Quiso despedirse. Yo la miraba desde la puerta y con un "Mamá" bajo vino hacia mí y me abrazó. Fue la primera vez que tuve que consolar a mi madre. Sí, olía a lejía pero también a sal, a limpio y a calor.

A la mañana siguiente le ayudé a recoger la ropa del abuelo y las fotos que él miraba sin saber quienes eran aquellos tan parecidos a él. Papá prefirió no hacerlo. Y eligió llorar a su padre con un duelo callado en el sofá.
Mamá cerró la habitación del abuelo Gabriel. Y se despidió de una rutina de años. Pepa le lloraba desde su jaula. Ella también.
Desde el fondo del pasillo escucho a las dos batir las alas contra sus barrotes...

domingo, 12 de julio de 2009

de hace dos años

Lisboa lloró por primera vez un 18 de octubre de hace dos años. Hasta entonces no había derramado ni una lágrima por nada ni por nadie.
Desde siempre sabía que su nombre arrastraba aquella saudade terrible que le daba la mirada triste y el caminar lánguido. No se la podía quitar ni con jabón, ni con friegas de violetas y espliego, ni con incienso de iglesia. Había aprendido a vivir con ella y aunque reía y cantaba, sabía que se le escapaba un sudor triste, un aliento de añoranza. Pero a pesar de todo esto, de su nombre, de sus andares, de sus ojos tristes y de su figura débil, Lisboa no sabía qué se sentía al llorar. No recordaba ni un berrinche, ni la humedad de un llanto. Sólo una vez con 17 años, y por culpa de su primer amor, tuvo ganas de inundarse los ojos. Pero le salieron lágrimas secas, de las que duelen.
No lloró cuando murió su gata. No lloró de dolor al romperse la pierna (cuando cayó por las escaleras). No lloró de miedo en el incendio del bosque vecino. Sólo sentía el gemido de su estómago y el tembleque de sus huesos. Lisboa aprendió a vivir así.

Fue el 30 de septiembre de hace dos años cuando le conoció. Pasaron días hasta que se atrevió a mirarle directamente a los ojos. Y unos días más hasta que dejó de balbucear al intentar saludarle. Fue en la corrala, todavía entre cajas y maletas. Se había acabado de mudar. El apartamento, pequeño y naranja, compartía pasillo y tendedor con tres puertas más. Y la suya, roja amapola, se miraba directamente con la azul azulejo de enfrente. Lisboa tendía ropa y sábanas cuando le vio salir por la puerta azulenca. El corazón le dio una voltereta y un par de bragas saltaron hasta el fondo del patio. Aquella noche tardó en dormirse dos horas. A los quince minutos de sueño tuvo que levantarse a beber agua fría por el calentón que llevaba.

El 5 de octubre de hace dos años, Lisboa descubrió, agarrada a su pinza y abrazada a sus bragas negras, una nota con letra verde y cuidada. Dirigida a “la chica de mirada triste”, Lisboa la leyó mordisqueándose los labios. Sólo dos líneas le bastaron para quitarle el aliento y encenderle los ojos ámbar. Ella escribió en papel de seda y con letra negra un “gracias” pequeño y relleno de nervios. Con el “gracias” abrigó el mejor tulipán de su maceta y le presentó a unos calzoncillos blancos bajo la fuerza de una pinza de madera.
De lado a lado del tendedor, se colgaron papeles de colores y regalos tímidos. La puerta escarlata pronto se llenó de notas garabateadas en verde. La puerta azulina dejó pasar por debajo dibujos y pétalos de tulipán.

La tarde del 18 de octubre de hace dos años, Lisboa se sirvió un par de whiskeys con Coca-Cola. Cargados y con hielo. Los bebió sola. Recordando la última discusión (la del 15 de octubre de hace dos años) que tuvo con aquel chico que nunca la llegó a querer y del que Lisboa casi no recuerda su nombre. Desde la corrala llegaba el repiqueteo de la lluvia y las sábanas escurrían hasta el patio de abajo chorricos de agua de mar. Se sirvió otro whiskey y se pintó los labios de rojo, a juego con su puerta. Se cambió las bragas, se quitó el sujetador por debajo de la camiseta y salió a ver la lluvia mojar su colada. La luna reflejaba en sus llaves y jugó a apuntar a las ventanas. La puerta azul se abrió y entre la cortina de agua le vio. Ahí, en el mismo sitió que el 30 de septiembre de hace dos años. Esta vez sonrió. Y la sonrisa le fue devuelta, adornada con labios carnosos. Acompañada por el soniquete de sus llaves en la mano y por el aliento de hielo y alcohol, se acercó hasta la puerta azulete.
No hacían falta palabras, no hacían falta excusas. Lisboa le empujó dentro de la casa y cerró la puerta. Se quitó la camiseta y el pantalón. Se bajó las bragas limpias y se lanzó a esa boca. La lluvia se volvió tormenta mientras ellos follaban sobre el parquet.
Lisboa mojó el suelo. Lisboa sudó su cuerpo. Lisboa lloró sobre su abrazo. A Lisboa se le fue la tristeza, la saudade, entre las piernas, entre suspiros, entre lágrimas.
El 10 de diciembre de hace dos años. Los dos decidieron vivir en la casa de la puerta rojo ababol. El apartamento pequeño y naranja. El que tiene macetas de tulipanes.


miércoles, 8 de julio de 2009

Κάθαρσις Catarsis

Nunca pensó que no podría dormir sin él a su lado. Echaba de menos sus metros de piel, de olor a sal. Sus ruidos por la noche y el vaso de agua en la mesilla. Ahora estaba tan sola que esperaba ansiosa escuchar la contraventana al cerrarse.
Todavía no tenía claro si había hecho bien al mudarse. Demasiada soledad. Demasiado ella.
Había arreglado el corral y plantado tulipanes y azafrán. En la entrada, sándalo para que el viento le sacudiese bien el aroma. Sólo utilizaba el salón, la cocina, su dormitorio y el baño. El resto de cuartos los tenía cerrados para no ver el polvo y las telarañas que le quedaban por limpiar. Y tenía que hacerlo en un par de semanas, cuando volviesen los niños. De momento, cerrados estaban bien.
Olivia, la gata, pasaba el día dormida entre la cama y el sofá. Ya era mayor, y arrastraba el soniquete del cascabel con el peso de seis vidas. Ella aguantaba las noches sentada frente a la mesa, con flores casi mustias a la derecha. Por fin tenía el tiempo que tanto buscaba. Esas horas que no podía comprar, ni hacer, ni pedir. Ahora las tenía, sólo, solas para ella. Empaquetadas, envueltas en papel de color. Listas para usar.
Retomó su hambre de artista. Ése que abandonó por tropezarse con el mundo y sus fantasmas. Folios en blanco, letras que combinar y palabras atragantadas en el alma demasiado tiempo. Tenía el estómago preparado y, aunque no lo sabía, empezaría a vomitar lágrimas en un par de días. Todo listo.
Eran las dos de la mañana y fue a buscar una rebeca (en el pueblo las noches de verano eran frías). Estaba metiendo un brazo por una manga cuando llegó. Esa primera frase agarrada a su lengua. De un pellizco se la quitó y la escupió en negro y con tildes



martes, 30 de junio de 2009

sus manos

Nunca me había parado a mirar sus manos. Sus dedos largos y sus uñas grandes y cortadas hace dos días. Me agarra con fuerza, quiere sacarme el alma a base de caricias.
Sus manos parecen mayores que él. Tal vez, porque con ellas escribe cosas que su cuerpo no ha vivido todavía. Porque con ellas teclea las palabras que no ha llegado a paladear. Porque con ellas me manosea con tanto amor, con tanto deseo, que la fuerza las desgasta. Nunca me había fijado en sus manos, y las miro ahora, en este orgasmo.
Sé que a partir de ahora, cerraré los ojos y veré sus dedos largos que huelen a nicotina. Y se me escapará media sonrisa.

lunes, 22 de junio de 2009

mal garabateado durante un viaje en autobús: historia de amor mal resumida

Llevaba quince días con la mochila al hombro. Ya se había acostumbrado al calor de julio. Aprendió a llevar en brazos una botella de agua todo el día. Y había descubierto una tienda de barrio donde preparaban un merengue extremadamente bueno. Pero sus ojos rasgados le desvelaban y sólo podía ser vista como una turista más.
Decidió quedarse sola para terminar de empaparse de la ciudad y se reencontraría con sus amigas en el sur de Francia, para culminar su tour europeo en Paris. A Kaori le habían gustado las tascas de La Latina y, si fuera por ella, incluiría papas bravas en la dieta japonesa. Como souvenirs se llevaba un bote de ali-oli en la mochila y un taco de postales de Goya. Le quedaban tres días por Madrid y decidió volver al Reina Sofía por segunda vez, para despedirse del Guernica en condiciones.
Tomaba notas en su cuaderno (con grafía occidental y en inglés) que le serviría para terminar la tesina, cuando otro guiri solitario comenzó a escribir líneas torcidas a su lado.
Kaori y Jerôme se tomaron un granizado de limón buscando la sombra entre las calles de Malasaña y se contaron sus vidas entre sílabas inglesas, páginas de diccionarios y gestos sin idiomas.
Decidieron compartir viaje hasta Niza, donde se dijeron adiós sólo hasta que Kaori volvierse a su apartamento de Shibuya. A partir de entonces comenzaron a intercambiarse mails, polaroids y videoconferencias. Ella firmaba como Sofía (como el Reina). Él como Ruiz (ella le descubrió el sitio donde se hacían los merengues más ricos). Pusieron dos equis en Londres y Estambul. Y ahí se vieron con sólo uno meses de diferencia.
Ahora están instalados en Ópera. Sophie ya tiene dos años y Juan nacerá a finales de año. Hoy han pintado de azul la habitación del fondo. Kaori ha hecho papas bravas para picar.
Fotografía en Parque Yamaguchi (Pamplona). Mis pies fotografíados por el chico de cuatro letras.

sábado, 13 de junio de 2009

tecleado automático

Los sábados y domingos siempre toma Coca-Cola y un ibuprofeno para desayunar. Se levanta con calma, con las marcas de las sábanas y del sudor calcados en el cuerpo. Se pone bajo el chorro de la ducha durante 26 minutos y se vuelve a tumbar en la cama, desnuda y con el ventilador haciendo ruido. Hoy ha decidido ponerse de nuevo frente a una hoja en blanco, frente a su mente en blanco. Y ya no le salen las palabras. La llegada del verano le ha sorbido las letras, las tildes y las comas. Así que ha paseado, ha comprado naranjas y se ha echado la siesta. Se ha fumado un par de cigarros. A las 6 en punto, él le ha llamado. Han tomado un helado y después han follado, mejor que nunca. Estaban dormidos, pegados por el calor, cuando ella se ha despertado. Acolchando sus pisadas en el aire, se ha sentado frente al ordenador. Con cuidado se ha puesto a teclear. De golpe. Sin pensar. Teclear lo que sea. Ha empezado a contar su día, desde que por la mañana ha desayunado una Coca-Cola.