jueves, 26 de marzo de 2009

coño vinolento

Era un miércoles de noviembre. Había llovido durante todo el día y las calles de Madrid se habían llenado de una mezcla a humo y humedad pesada, ese batiburrillo al que todavía no termino de acostumbrarme.
Estaban en un local nuevo donde las mesas todavía olían a nuevo y las servilletas de lino seguían ásperas. Sus dos amigos se miraban entre ellos sin saber qué hacer ni qué decir. Se mordían los labios para que no se escapara ninguna risa nerviosa y temblequeaban las piernas al unísono. Ella lloraba sin poderse controlar y el olor de vino que la cubría empezaba a marearla.
Visto desde fuera había sido un accidente demasiado divertido, pero sentados en esa mesa todo era tan patético que ni siquiera salían las palabras...
Tarde de cine y después una copa de vino improvisada. El reencuentro entre los amigos le había animado. Ya hacía un mes que lo había dejado con el chico de huesos picudos y se zurció las ganas con sonrisas mal maquilladas. Entre las copas se rieron y debatieron un tema y otro. Ella pidió vino blanco. Los demás, crianzas granates. Ellos evitaban cualquier alusión a esa despedida malhecha y ella sabía que leían sus ojos tristones.
Una historieta llevó a la otra, recuerdos de los años en la vieja ciudad del norte y proyectos inmediatos. Risas. Palabras. Y la copa de vino se derramó sobre ella. Sus pantalones chorreaban y con las piernas teñidas de rojo fue al baño. Mientras se limpiaba, notó cómo el pío se le colaba por dentro. Por los mismos recovecos por los que él le había robado jadeos. Fue entonces cuando la puta bota se le rompió. Y así, con el pie descalzo y el coño oliendo a vino, se sentó a la mesa.
Ahí se le cayó el disfraz. Con sus lloros se le quitó el maquillaje y a ellos la vergüenza ajena les sonrojó. El soniquete de sus lamentos camufló la música y los clientes que se habían reído con el espectáculo de la chica descalza se callaron de golpe. Ella no decía nada. Sólo lloraba y lloraba. Echaba sal sobre la herida para ver si cicatrizaba de una vez.
Se subió a un taxi con dinero prestado por sus amigos (los mismos a los que la vergüenza, de unos y otros, no dejó que viese otra vez).
Al llegar a casa, se metió en la cama acunándose con sollozos. Se adormiló entre el aroma a sal del llanto y el afrutado que salía de entre sus piernas.
Ella tenía y tiene mi nombre, mi cara y mis sollozos quebrados. Pero ya me he remendado el alma dolida y machacada por esos huesos picudos en una despedida malhecha.
Era un miércoles de noviembre. Había llovido durante todo el día y las calles de Madrid se habían llenado de una mezcla a humo y humedad pesada, ese batiburrillo al que todavía no termino de acostumbrarme.

6 comentarios:

  1. Fue como el último golpe. La mezcla de recuerdos, el dolor y el aroma dulzón del vino. Pero se recuperó, y dejó de sentir el arañazo de esos huesos de recuerdo en la piel. Siguió sin reconocer el batiburrillo del Noviembre madrileño, pero ya no le dolía, ni el recuerdo, ni el olor.


    un miau frío de marzo, bonita

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  2. Es el primer blog que visito y me ha encantado¡

    fantastico¡

    felizdia¡

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  3. Garabateo con colores la sonrisa que mando

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  4. Y aunque siguió sin acostumbrarse del todo, ni al humo ni a la humedad, pudo volver a beber vino dejándose la máscara en casa.

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  5. maravilloso de verdad. es la primera vez que paso por tu rinconcito pero te aseguro que no será la última, me quedo contigo y con tus palabras.!
    un beso enormee (L)

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Garabatea con colores.